Recuerdos del Bodegón

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Entré a una tienda de comestibles, seguí los pasos de mi padre y no nos detuvimos ante el mostrador. Continuamos hacia adelante y cuando me quise dar cuenta estábamos en una taberna. Miré hacia atrás y volví a mirar hacia el fondo. Dudé y me extrañé. Al mismo tiempo estaba en una tienda y en una taberna. Aquello me gustó.

  Así descubrí “El Bodegón”, casi sin darme cuenta y desde entonces comencé a prodigarme por allí cuando con diecisiete años lo normal entonces era ir al “Guanche” o al “Respiro” Pero a nosotros nos gustaba los sábados dejarnos caer por allí, ponernos grana y oro de queso y estirar hasta el infinito los diez euros que entre todos reuníamos. Entre aperos de labranza, sillas de enea, viejos carteles de toros de un tiempo que no viví, junto a otros más recientes que nos gustaba recordar porque los habíamos presenciado…y polvorientos botellines de Alcázar de todos los tipos. No nos importaba que dejasen abierta la jaula y de un extremo a otro de la barra el jilguero o el canario se pasease, tan pancho, ante nuestros ojos. Es más, aquello le daba solera al “Bodegón”.

  Una vez, al terminar los exámenes de junio del colegio, mi amigo Juan Carlos Tirado y yo nos fuimos para allá…”a despejar la mente tras el examen”. Lo que hicimos fue hincharnos de mortadela con aceitunas y si no llega a ser porque en casa nos habían echado los tres avisos, aún estaríamos allí. Otra vez, una vecina me pidió el favor de llevarme de tapas a un estadounidense de intercambio que tenían en casa. Me entregó 20 euros con el ruego de devolverlo impregnado de la cultura gastronómica de nuestros bares. Yo aquello me lo tomé muy en serio y aunque el muchacho de Alabama y yo nos entendíamos lo justo, en “El Bodegón” el anteriormente referido se puso fino de bocadillos de jamón y salchichón Sendra. Y yo de asesor en la materia, tan contento.

  Tiempo después el negocio dio un giro de 180º en manos de Ángel Millán. El local se transformó, y se sacó de la manga un nuevo espacio multiescénico de esos que tantísimo hacen falta en Jaén. Aquel negro tocando la trompeta que pintó una mañana su sobrina Inés Millán, reflejaba la nueva identidad del sitio: un espacio para la música en directo. Nosotros nos adaptamos al cambio y pasamos de beber coca colas a compartir litros que reforzábamos con todo aquello que arriba comprábamos. Consecuentemente, de allí no nos sacaba nadie. Y así mucha gente, pues se convirtió en un sitio de referencia en Jaén que gustaba y sorprendía a los amigos que venían de fuera a visitarnos.

  Con el cierre del “Bodegón” nuevamente se pierde otra seña de identidad de Jaén. Y a la vez, muchos recuerdos vividos en un sitio diferente, imposibles de vivir en otro lugar porque como este local nunca habrá otro igual.

Publicado hoy en el Diario Viva Jaén

* La única foto personal que he encontrado de mi paso por El Bodegón es esta foto tan curiosa que hizo el Pelillos un día que estuvimos allí con la Tuna.

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