Juventud taurina

Mérida

Enrique salió de Siles en la soledad de la madrugada, cuando la carretera apenas tiene vida y las horas de viaje se afrontan a contrarreloj. Llegó a Mérida y nuestro acento casi común nos delató a él y a nosotros. Éramos de Jaén. Veníamos prácticamente del mismo lugar y habíamos llegado hasta allí, como tantos otros, a compartir una ilusión y disfrutar de la pasión que a muchos nos une. Éramos los únicos jiennenses entre medio millar de jóvenes llegados de España entera. Como Javi, que entre pecho y espalda se metió unas doce horas de autobús para ver a Talavante con seis toros. Sí, un joven catalán que atravesó el país para ver a un torero de su misma edad en solitario en el Coso del Cerro de San Albín. Una especie de emigrante en la búsqueda de sensaciones taurinas desplazado de Barcelona porque allí le cercenaron su libertad de ir a los toros.

  Diez años después de mi última visita a la antigua Emérita Augusta, con el toro como excusa retorné a la capital de Extremadura. Y volví a visitar su museo, a pisar su teatro y su anfiteatro,  sólo que esta vez para ello sólo teníamos que mostrar nuestra entrada de sol para la corrida. Nunca una entrada de toros nos dio acceso a tanto por tan poco. Una mínima inversión más que rentable, y si no, que pregunten allí en Mérida lo que una simple tarde de toros ha supuesto para la ciudad, en lo económico y en lo social.

   Una iniciativa de un empresario sevillano pero de origen jienense, José María Garzón, sobrino del recordado Gregorio Garzón, primo de Javier e Iñigo, sus hijos, que ha venido a demostrar que con imaginación y voluntad es posible sacar adelante con brillantez un festejo taurino, y con él, junto a él, la increíble labor (no exenta de crítica) del Foro de la Juventud Taurina, que echó los restos para obrar el milagro de que quinientos jóvenes de toda España acudieran a ver una tarde de toros a la vera del Guadiana. En libertad y sin complejos porque no hay que acomplejarse por querer disfrutar de aquello que sientes y te emociona, ni tienes que esconderte o pedir perdón por pretender disfrutar de aquello que tan feliz te hace.

  Enrique se maravillaba de ver que no estaba sólo, ni era un bicho raro. No había sido el único que había viajado en soledad. Tiene claro que a partir de ahora no se perderá ninguna. Mi compadre Luis, tras un año en Londres y otro en Estados Unidos, cuenta las horas para volver a pisar el campo bravo como ocurriera el otro día en Jandilla, donde quinientos jóvenes se juntaron a ver un tentadero a campo abierto en lugar de hacer botellón ¿Raros? Indudablemente no. Si esto sucede, por algo será. El futuro de la Fiesta pasa por darle a la juventud alicientes y facilidades para sentarse en un tendido y tras lo vivido en Mérida tengo más que claro que hay juventud taurina para rato.

Publicado hoy en el Diario Viva Jaén, en la columna Navalcardo

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