Señores letrados

Adelantándose a la fecha que el calendario marca para el 8 de diciembre como oficial, el pasado viernes la abogacía jaenera celebraba su día grande, el de la festividad de la Inmaculada Concepción, Patrona del Colegio de Abogados,  primera bajo el mandato de Vicente Oya como Decano, y su equipo al frente del Colegio justo cuando más o menos se cumple un año de las últimas elecciones en que Javier Carazo ponía punto final a su trayectoria como representante de la institución.

    Una gota de alegría en medio de una tormenta como es la que se ha posado sobre la abogacía, que vive un presente incierto y prevé un futuro más oscuro aún debido al arreón judicial que supondrán las tasas que se ha sacado de la manga Gallardón.

    Este varapalo que tiene en pie de guerra a todos cuantos viven del Derecho vendrá a ser otra vivencia más para quien ha rebasado el medio siglo como ejerciente de la abogacía, caso de Don Antonio Maldonado Trigueros, homenajeado el pasado viernes con la imposición de la Medalla al Mérito Colegial.  Cincuenta años dan para mucho, no cabe duda, y a su edad, ha sido testigo de cómo el ejercicio del Derecho se ha ido adaptando al devenir del tiempo, pasando de lo tradicional a lo moderno, como bien apuntaba en su discurso. Y si bien señaló que la medalla le venía impuesta por su antigüedad profesional no cuestiono que precisamente eso, su veteranía y su deseo de seguir aún sintiendo su profesión con la ilusión propia de quien recién abandona la Facultad para ejercer, bien merecen el reconocimiento de la profesión entera.

    A él acompañaba en el estrado, compartiendo igual distinción Don Diego Ortega. Hijo de uno de los abogados más importantes que haya tenido esta ciudad, como fue Don Eduardo Ortega (amigo inolvidable de mi abuelo Hipólito), llegando a ser Alcalde y Decano del Colegio de Abogados. Continuador de una dinastía que se ha prolongado con su hijo Eduardo, abogado también, que cambió la toga tras colgar el traje de luces tras hacer el paseíllo por el planeta de los toros y conseguir llegar a debutar con picadores.

     Diego Ortega recibía también el reconocimiento de sus compañeros por toda una vida dedicada a la abogacía, por su servicio al Colegio de Jaén y por haber sido maestro de no pocos letrados que se han formado y forjado en el despacho de los Ortega, en la calle Arquitecto Berges. Entre ellos, mi señor padre. A Diego debo los primeros consejos que recibí momentos antes de entrar a sala por primera vez, con mi toga, en los juzgados de los Social. Aquello, es evidente que uno nunca lo olvidará.

      Enhorabuena a ambos. Su trayectoria, su vocación, su ejemplo, es espejo donde debemos mirarnos aquellos que apenas damos nuestros primeros pasos en esta profesión tan dura pero a la vez necesaria para la sociedad.

 Publicado hoy en el Diario Viva Jaén
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