Montear

Es el verbo que conjugamos de octubre a febrero. En su contexto más natural, y casi siempre en fin de semana. Aquello que me lleva a la deseada desconexión digital, sintiéndome diminuto cuando veo pasar muy despacito las horas en la inmensidad de la sierra sin estar pendiente constantemente de aquello que dicen otros.

            Se trata precisamente de permanecer casi inmóvil, en silencio. Y únicamente dejar descansar nuestra mirada dejando que se pierda en lo cercano o lo lejano que tengamos por delante.

            Cuando llegan estas fechas volvemos a recorrer esos caminos que nos llevan a las entrañas de nuestras sierras. Desde Mágina hasta Segura. Desde Cazorla hasta Sierra Morena. Y es en esta última – que me perdone quien se ofenda- donde yo encuentro el verdadero paraíso interior que tiene Jaén. Algo tendrá que ver mi ADN carolinense, supongo, pero siento cierta magia cada vez que mis pasos me llevan hasta allí.

            Subir por El Centenillo y llegar hasta el Santuario de la Virgen de la Cabeza. O al revés. Un camino de ida y vuelta donde se han forjado las leyendas monteras de esta tierra a través de los siglos. Y también parte de la gloria del campo bravo de Jaén, donde entre muflones, gamos y venados, siempre pastaron nuestras divisas más señeras.

            La berrea de septiembre marca el preludio de lo que está por venir, a poco que caigan las primeras gotas de la lluvia de otoño. Y es entonces cuando yo vuelvo a las páginas de la fascinante literatura venatoria que tiene a ese rincón montero de nuestro Jaén como protagonista. Viajo a un tiempo que no viví donde incluso mi bisabuelo se hace presente en lances que quedaron escritos para siempre en la trilogía de Alfonso Urquijo. Y fantaseo cuando releo “El Solitario”, aquel cochino al que un monumento de Luis Aldehuela perpetúa para siempre en la carretera que nos lleva a reencontrarnos con la Virgen de la Cabeza en el corazón de la sierra de Andújar, convirtiéndola por derecho propio en la capital de la montería en España.

            Comienza mi cuenta atrás para echarme al monte un año más, entre jaras y lentiscos con mis delanteras –zahones, fuera de Jaén- porque no concibo montear de otra forma ya que así me lo inculcaron. Entretanto una ley sacada del cajón de los caprichos pretende ahora imponernos los límites del código penal a la vida de quienes llevamos marcado en el alma aquello de «Venari non est occidere», que no es otra cosa que nuestra forma más auténtica de relacionarnos con la naturaleza a través de algo que sentenció Miguel Delibes más que afición – la caza- es pura pasión.

Publicado en el Diario Viva Jaén el 2 Noviembre 2022

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Aparicio y Morales

A Jaén lo mejor que le puede suceder taurinamente es tener una pareja de novilleros que tengan tirón, porque cuando Jaén tiene toreros, esto se viene arriba. Y si allá por los años treinta la capital se entusiasmó con aquella inolvidable pareja formada por Juan Tirado – el tío- y Ramón Montes, a quien el Maestro Cebrián inmortalizó en su célebre pasodoble con aquella letra que decía ”Ya tiene Jaén / un bravo chaval”,ahora  casi cien años después la historia se repite.

Pedro Aparicio y Alfonso Morales son dos nombres propios de la pasada feria de San Lucas. Y lo son del presente y el futuro de Jaén, en lo taurino. Han sido los dos únicos jiennenses anunciados en San Lucas. Dos jovencísimos toreros de la capital que han despertado la ilusión de la afición de Jaén, pero sobre todo el interés de los de su edad porque los tendidos se llenaron de jóvenes para verlos a ellos.

El rostro en primer plano de Aparicio se hizo viral en el famoso videoclip  de Rosalía con la escuela taurina de Jaén como protagonista. Pero aquello ya es historia y una anécdota. En cambio Alfonso Morales ha sido una de las voces de la Escolanía de la Catedral y un pianista en potencia. Él prefirió cambiar el solfeo por el toreo.

Son chicos de su tiempo, pero torear es lo que mueve sus entrañas y a ello están dedicando esta juventud que sólo se vive una vez, renunciando a tantas cosas por tal de cumplir esos sueños que ellos, poco a poco, van materializando cada vez que se enfundan un traje de luces. Sus estanterías se van llenando de galardones y trofeos por sus triunfos en los ruedos.

Conozco a ambos desde niños. Los he visto crecer. Pedro a veces torea con un estaquillador mío e incluso hemos  compartido burladero y becerra en una plaza de tientas. Alfonso hizo el paseíllo en abril luciendo el capote de paseo del Real Jaén como homenaje por el centenario del club, y acabó haciendo historia al indultar por primera vez un novillo en la plaza de Jaén en sus sesenta años de historia.

El viernes compartieron tercio de banderillas en la novillada con Curro Castillo, banderillero también de aquí. Tres toreros de la capital salidos de la escuela taurina de Jaén protagonizando un momento único, conmemorando con ese gesto los veinticinco años de esta escuela de formar toreros en la capital del Santo Reino.

Y simbólicamente también, en el corbatín de Pedro Aparicio la insignia de las tres violetas de Maristas: humildad, sencillez y modestia. Tres valores que se inculcan a quienes sueñan con ser toreros. Al verlo inevitablemente recordé a D. Antonio García, nuestro profesor. Aficionado entusiasta que sentiría orgullo viendo a un alumno salir por la puerta grande del Coso de la Alameda. El viernes así fue.

Publicado en Diario Viva Jaén el 21/10/22

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Cuatro letras

Es una calle que sube pero también se baja. Y una cruz imponente que nos preside desde un cerro que se corona por una fortaleza. También es un monumento que recuerda que este territorio fue clave por dos veces para la historia de  España.

              Es el resto de una muralla y también una inmenso olivar que se pierde ante el infinito de nuestros ojos. Y una botella de cerveza de color verdoso con la imagen delcastillo.Ese mismo  que da nombre al mejor anís que conocemos.

              Es una cadena de versos de Mendizábal en los sones de una partitura de Cebrián que aprendimos desde niños y cantamos con orgullo.

              Es una noche fría de enero con lenguas de fuego que alcanzan al cielo mientras brota un melenchón de las cuerdas de un laúd, quemando un guiñapo en el centro de una plaza después de desgastar nuestras zapatillas devorando a toda prisa diez kilómetros que empiezan y terminan en el Gran Eje.

              También es una romería en la que se comen sardinas a finales de  noviembre y el barrio de San Ildefonso engalanado cuando llega el 11 de junio. Porque a diferencia de otros sitios aquí hay 2 patronas 2.

              Es el sabor a gloria de una pipirrana en el “Alambique”. Pero también un bocadillo en “La Manchega” después de entrar por una puerta y luego salir por otra. Y los churros del “Colón”, para luego bajar sorteando las hojas del otoño del Paseo de la Estación la mañana de un domingo oun termómetro que marca casi cincuenta grados una tarde del mes de julio y te tiras de cabeza a una piscina en el Jontoya.

Es un paseo de bicicletas donde ya apenas hay bicicletas, y un inmenso bulevar que rebosa alegría infantil. Una ardilla que se deja ver en los pinos del Hospital y una cabra montesa que sale a tu paso por Jabalcuz.

Es una lágrima que brota sola en la madrugada del jueves santo cuando la devoción no se contiene. Pero también la emoción que desata el color amarillo en el “Olivo Arena” y la fidelidad que este año cumple cien años al color blanco que nos llevó hace más de medio siglo a la primera división y eso muchos no lo hemos vivido.

Es el acento que tú reconoces cercano en una película protagonizada por Rosario Pardo. Y la risa incontenible al oír a David Navarro en un monólogo en el Infanta Leonor. También es un estudiante Erasmus de la Uja que no encuentra en el traductor de español de su móvil  el significado de un bar de copas de la Carrera que pone “La Vística” al entrar, y un senegalés que se llama Amadou que va vendiendo camisetas de fútbol, siempre alegre, y te suelta a la cara “hijo gori” como si fuera de Peñamefecit de toda la vida.

Y ahora por estas fechas, durante diez días intensos, es San Lucas. La feria que cierra España. La de una ciudad que es la tuya, pero también es la mía. La que se escribe con cuatro letras y se pronuncia sonoramente…Jaén.

Publicado en el Diario Viva Jaén el 14/10/22

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Piano de otoño

Tímidamente la luz del reloj circular de la fachada del Ayuntamiento, los faroles del inicio de la calle Maestra y la cruz del Castillo de Santa Catalina – presidiendo la ciudad- irradiaban alguna luminosidad sobre la Plaza de Santa María. Y en su centro, con una potencia increíble que brotaba de su piano, Chico Pérez se hizo muy grande a ojos de ese todo Jaén que quiso acompañarlo y no perderse un espectáculo que ya permanece en la memoria de quienes el viernes allí estuvimos, inaugurando de forma mayúscula el Festival de Otoño.

La voz de Javier Altarejos, en el escenario, ya lo predijo minutos antes que él se hiciera presente: Jaén también da figuras, y tenemos que sacar pecho de tener entre nosotros a gente muy brillante que es capaz de hacer cosas tan hermosas como esto que Chico Pérez está consiguiendo llevando el flamenco aderezado con otras músicas en las teclas de su piano. Y acompañándose de músicos de primer orden en sus discos y en sus directos.

Aunque ambos compartimos hace años patio en Maristas nunca coincidimos porque pertenecemos a generaciones diferentes. Casualmente el viernes por la mañana lo conocí. Su música me acompaña desde hace tiempo día a día e incluso pone el cierre cada miércoles a mi “Jaén Taurino” que ustedes pueden ver en 7TV Jaén. Se lo confesé y esbozó una sonrisa. Su sencillez y su humildad me ganó al tiempo que me mostraba su ilusión por ver que uno de los sueños de su vida estaba a punto de cumplirse esa noche.

Y así fue horas más tarde. Chico hizo brotar la magia en forma de música dejándose la piel entremezclando lo nuevo de “Continente 27” con lo que ya conocíamos de “Gruserías”, trayendo consigo dos invitados de excepción: Manuel Lombo y Mari Ángeles Toledano, otro talento de esta tierra con un torrente de voz increíble.

A los pies de nuestra Catedral hizo sonar a Cebrián por bulerías, reconociendo los versos de Federico de Mendizábal “Bella ciudad de luz/que tienes cuando miras” de nuestro himno con unos compases de la marcha “El Abuelo”. Cerré los ojos, y me dejé llevar. Parece mentira que, en este Jaén tan carente de tantas cosas, donde nuestra autoestima casi siempre adolece de entusiasmo, un hijo de esta tierra vino a demostrarnos que también hay estrellas que brillan desde aquí.

Pero no sólo eso. Con él no hubo que esperar hasta la primavera, cuando en Jaén el piano se hace omnipresente gracias al prestigioso festival que pone a nuestra ciudad en el mapa musical desde hace más de seis décadas. Ha sido en otoño, cuando los jiennenses celebramos la vida por San Lucas con entusiasmo, con la joya de Vandelvira como escenario y con un pianista de esta tierra que hoy por hoy es uno de los más grandes.

Publicado en el Diario Viva Jaén (6/10/2022)

Foto: Festival de Otoño de Jaén

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Una noche retrospectiva

Quisimos poner el punto final a toda una temporada, la segunda, en la que hemos sido nuevamente fedatarios de lo cofrade y lo taurino en nuestro entorno más cercano. El de nuestra ciudad y por extensión, nuestra provincia. Y todo ello a través de la pantalla de 7TV Jaén.

                Instintivamente nuestros pasos se encaminaron por inercia hacia el Arco del Consuelo, allí donde las tascas del viejo Jaén siguen siendo reliquias del pasado de esta ciudad que permanecen sumando años ante el paso del tiempo.

                Quienes más me conocen saben de mi querencia a los bocadillos de queso de «La Manchega». Desde chico. Algún amigo- exagerado- dice de mí que formo parte del propio mobiliario de la taberna. Y eso es por la cantidad de horas que yo le he dedicado al sitio. Y dinero, también.

                Sin estarlo planeado, de forma espontánea y muy auténtica, acabamos viéndonos a nosotros mismos en la televisión plana de “La Manchega”. Nos veíamos en la pantalla mientras un retrato de Piturda nos sonreía a nosotros. El último “Luz de Pasión” de este año, el último “Jaén Taurino” lo vimos en la taberna más señera en activo de Jaén.

                Nuestros últimos programas. El trabajo de un año entero desde septiembre a julio con sus limitaciones pandémicas de por medio. Y entre cervezas Guille, Jesús, Tomás (que sólo bebe coca-colas) y un servidor brindamos porque un año más hemos logrado lo que parecía imposible. El último video de “Luz de Pasión” nos lo demostró cuando echamos la vista atrás de todo un año recorrido viviendo Jaén a través de estos dos programas de televisión que muestran nuestra ciudad tal como son, en lo cofrade y en lo taurino.

                Los clientes fliparon al reconocernos. Una familia valenciana se quedó perpleja al ver de forma simultánea en la televisión a quienes estábamos en la barra. Y los camareros andaban con un ojo en el servicio y el otro en la pantalla porque son también cofrades.

                Podía ser perfectamente un capítulo del «Palermasso»,  pero de jaeneras maneras. En cambio fue tan real como la vida misma. Y nos reímos, vaya si nos reímos, porque eso si que era un Jaén, Jaén auténtico, como ahora se anuncia en autobuses los Milka de aquí.

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Toca volver a esperar

Andaba yo el miércoles a las 13 del mediodía en un parque de Alcaudete leyendo a Hemingway. 
            Después de cuatro años, la cremallera de mi mochila reventó y he tenido que reponer el sucedáneo de despacho portátil que me acompaña a diario, teniendo una mochila perfectamente válida para ir de expedición a cualquier lado. Incluso a una guardia del turno de oficio. Por eso en su interior llevaba mi ejemplar de «Fiesta», heredado de mi abuelo.         
            Le dediqué más horas a releer «Fiesta» que a la declaración en sí. Que ya es casualidad asistir a una persona que ha formado un estropicio en la farmacia del novio de tu mejor amiga, y que no deja de ser una de las poquitas personas que conoces en Alcaudete.

            Volver a leer a Hemingway por julio es una forma de recordarle al cuerpo, y sobre todo al espíritu, las sensaciones de los días de verano en que el toro es el rey de las calles de Pamplona.

            A la vuelta de Alcaudete, ya en el despacho, un paquete recién llegado con los pantalones blancos a estrenar para la ocasión. Todo listo, todo a punto, y el ánimo a contrarreloj contando las horas para emprender el viaje hacia esa fiesta que cuando se conoce y se vive, atrapa.

            De pronto un audio de WhatsApp con la voz de Wiña cortando de cuajo nuestras intenciones de volver a sanferminear después de toda esta pandemia porque él se ha cortado de cuajo a sí mismo maniobrando en su oficio de carnicero en Los Jardinillos. Se desmoronó ipso facto nuestro loco de plan de subir y bajar de forma casi exprés a reencontrarnos con esas sensaciones de la Cuesta de Santo Domingo y Estafeta coincidiendo precisamente con el día en que el calendario conmemora mi  natalicio.

            Tan sólo María ha logrado lo que nosotros no hemos podido. Sus videos a las 7:30 en riguroso directo, y su mensaje de WhatsApp  al día siguiente cuando el calendario marca el día en que me hago un poco más mayor, me recuerda que esa fiesta seguirá estando y me compromete a volver a esperar todo un año entero para estar allí y celebrar mi cumpleaños. Que realmente viene a significar el hecho de celebrar mi propia vida un año más. Ojalá así sea.

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Entre Jáudenes y Gran Vía

               

Hasta que no tuve doce años, quizás, no empecé a conocer la Semana Santa con cierto interés. Y curiosamente fue mi recordado tío Manolo Ochoa – que era riojano y vivía en Huesca- quien me enseñó a echarme a las calles de Jaén para vivir y sentir la Semana Santa de mi ciudad. El tiempo, y sobre todo los amigos, pusieron el resto para conocer con más detenimiento cuanto vivimos en los días de Pasión.

                Ahora, a la vuelta de más tres décadas, realmente he descubierto la Semana Santa de Ceuta, la ciudad que sigue siendo el escenario de muchos de mis recuerdos más primigenios. Aquellos de la infancia que remotamente perduran en mi memoria para siempre hasta situarlos en los primeros: los largos viajes, la Navidad, la playa, la feria e incluso la Semana Santa.

                Y es curioso que también sitúe en Ceuta el primer recuerdo que yo tengo de la Semana Santa, pero en mí ciertamente permanece una imagen desde hace más de treinta años quizás. Nazarenos con túnica blanca al fondo de una calle que intuyo sería la calle Real en su esquina con Agustina de Aragón.

                Mantengo esa leve imagen en mi mente y se convierte en mi primer recuerdo semanasantero. Ni siquiera  consigo recordar haber visto por las calles de Jaén pasar la procesión de “El Abuelo” por más que exista una fotografía en un álbum de casa que así me lo demuestra, a los pocos días de nacer mi hermano.

                Tenía mucha curiosidad e interés por vivir la Semana Santa de allí. Ilusión también, lo admito. De esta forma sigo completando  en mí mismo otra forma más de sentir intensamente la ciudad a la que familiarmente estoy muy vinculado.

He podido ver en sus calles las imágenes que durante años he visto en las iglesias de Los Remedios, San Francisco o la de la Virgen de África y que mi amiga Lucía Montes me ha ido descubriendo en estos años.  O conocer cómo una parte de la ciudad vive en la calle una de sus religiones, demostrando el respeto y convivencia del que esta ciudad siempre hace gala y que se refleja en esa imagen de la Virgen de las Penas a su paso por el edificio del Mercado Central de Abastos y en su portada un letrero que desea un feliz Ramadán a los musulmanes.

                También he comprobado con detenimiento las diferencias que pueden existir con aquella Semana Santa que yo realmente conozco en Jaén y sobre todo, especialmente, he podido sentir como se oye “El novio de la muerte” de la Legión a viva voz por Jáudenes aún sin ver pasar la procesión o cómo discurre de principio a fin la carrera oficial en Gran Vía – que realmente no se llama así- junto a la tribuna o desde el privilegio de asomarme a la terraza de mis abuelos.

                Pero si  me quedo con algo, es con la experiencia de haber introducido en la medida de lo posible a mi primo chico – que actualmente es más grande que yo-  en la Semana Santa, enseñándole todo un mundo interior que existe con sus propios códigos, elementos o sonidos que tiene una identidad propia dentro de su ciudad.

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Tres panderetazos en La Merced

Durante el tiempo en que conjugamos el verbo confinar en su sentido más absoluto y todo nuestro mundo se detuvo tomé consciencia que la vida nos devolvería por duplicado aquello que entonces nos estaba reteniendo. No sólo nuestra libertad, sino también nuestra felicidad.

Y a la vuelta de dos años del año más raro de nuestras vidas volvimos a subir a la calle Maestra, a reencontrarnos en la puerta del Manila que ya no existe pero su puerta sigue siendo la que siempre fue. Y en ella, aquella norma no escrita que sigue perpetuando el punto de queda de la Tuna de Jaén al llegar el Lunes Santo.

Ese día en que volvemos a ver a los hermanos tunos que la vida los ha llevado a vivir en Galicia, Málaga u otros lugares. También el día en que todos nos volvemos a poner el grillo sin necesidad de justificarnos, porque simple y llanamente es nuestro día. Y ese día en que nuestros fundadores siguen sumando un nuevo Lunes Santo a sus ya más de cuatro décadas de tunería, orgullosos de poder seguir participando de una tradición que ellos iniciaron y el tiempo ha logrado consolidarla en nuestra ciudad.

Cuarenta Lunes Santo en el marco de una señera Cofradía que ha cumplido setenta y cinco de vida. Una  historia dentro de otra historia que juntas engrandecen la Semana Santa de Jaén, dibujando en La Merced una estampa que no se repite de igual forma en otros lugares por mucho que ahora otras tunas también hagan lo propio en sus ciudades.

Sostengo el pensamiento que la Tuna es música con valor añadido. Así me lo enseñaron mi padre y mis tíos, y así me lo inculcaron mis veteranos desde el primer día. Por ello esta enseñanza quise trasladársela a “Carrueco” y “Delito”, dos de nuestros novatos. Porque tras dos años de pandemia, por fin podían vivir y sentir lo que verdaderamente significa este día para la Tuna a la que ellos quieren pertenecer.

E igualmente con “Chamán” y “Babero”, nuestros últimos becados junto con “Anakin,” quien precisamente lleva muchos años subiendo cada Lunes Santo a cantar, pero nunca lo había hecho sintiendo el orgullo de portar la beca verde en su pecho como tuno de Jaén de pleno derecho y cómo él mismo me dijo cuando abandonábamos las calles del viejo Jaén, este año fue muy emocionante.

Y ahí quedaron, para nosotros, para la cofradía, y para los jiennenses todas esas emociones que este mágico día nos regala y que se traducen en escenas que este año disfrutamos quizás más que nunca. Momentos que suceden, y a veces pasan inadvertidos a ojos de cualquiera, pero que esconden muchos significados.

Porque el Lunes Santo es una bandera que ondea al viento en la Plaza de La Merced luciendo el escudo de Los Estudiantes, pero también el “Insulino” llamando a la cuadrilla de costaleros de la que él formó parte en su día.

Es una salida de espaldas mientras suena “Virgen de los Clavitos” y las lágrimas de “Caín” cuando le canta a su Virgen de las Lágrimas.

Son casi diez niños impecablemente vestidos de tunos en los brazos de sus padres y varios fundadores que lucen el fajín de la Cofradía en su traje.

También es la beca al cinto de un tuno de Medicina, y alguna beca primigenia con pedrería y el escudo de Jaén que se sigue viendo.

Es el voluminoso guitarrón del “Pelos” y el discreto güiro del “Primo”, que siempre suena por ahí. Y el silencio que estremece con el sólo de “Flor Marchita” o el que imponen mis tres panderetazos en la Plaza de la Merced rodeado por los míos para dar la entrada un Lunes Santo más.

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La Hazuela

Comencé la temporada montera por el final, en la última del año.  Casi cuando daba por hecho que pasarían los meses sin madrugar por placer para ir al campo.

Y de nuevo llegó esa sensación que no es una sola sino el conjunto de muchas. Esa mezcla de nervios, ilusión, impaciencia y recuerdos. Porque cada vez que monteo vuelvo a revivir mis sensaciones de niño y así me sucedió el sábado cuando vi caminar un pequeño montero con su chaqueta austriaca, su sombrero tirolés y una escopetilla a la espalda. Retrocedí en el tiempo más de tres décadas al verme reflejado en aquel niño, y esbocé una sonrisa.

Cada montería es diferente. Y esta de antemano lo era. Me sacaba de mis cazaderos más frecuentes para llevarme hasta las estribaciones de Sierra Nevada. Cazar en Granada era algo inédito para mí, y eso lo convertía en un valor añadido. Ampliar mi particular geografía montera, sumando un puesto más, una montería más al pasaporte montero que cada uno custodia en su imaginario.

La montería la daba Manolito Torres, hijo de un amigo de mi padre al que conozco desde la infancia. También esto sumaba otro aliciente, porque suponía un reencuentro con esta familia y otros amigos, algo que sin duda se valora más después de todo lo que llevamos vivido por esta pandemia que vino para quedarse y nunca se termina de ir.

También, tenía algo de enigmático esta nueva jornada montera, por compartir junta y armada al día siguiente  con caras desconocidas para nosotros. Cada una con su vida y su historia detrás, pero con una misma afición – y una causa- que nos uniría el fin de semana. Acostumbrado como estoy a montear siempre rodeado  entre amigos y compañeros con quienes llevo toda mi vida monteando, esto lo hacía diferente.

Pero sucedió que creyendo que mi presencia ahí pasaría casi inadvertida de pronto me encontré con Dito Zaldúa, a quien veo casi todos los fines de semanas en el mismo sitio – y a la misma hora, como la letra de la sevillana – en el barrio de San Ildefonso.  Junto a él su novia Elena, que también acostumbra a verme con Dito en el mismo sitio y a la misma hora en San Ildefonso. Y con ellos, el primo Antonio Luque.

En la cena y al día siguiente en la junta, una miscelánea de acentos de toda España e incluso Portugal. Mi edad sobresalía por encima de la media de los presentes, siendo la montería donde más gente joven he encontrado en toda mi mida.

El 2 de “Fraguas” fue nuestra postura al día siguiente. Llegar allí fue toda una expedición, pues no recuerdo haber cazado tan alto en mi vida. Y allí, en la inmensidad de las alturas volví a sentirme diminuto en este mundo, contemplando toda la comarca de Guadix ante mis ojos.

De pronto me encontré durante un par de horas en las antípodas de mi situación diaria. Porque mientras mis días son frenéticos e intensos, en la espera de aquel puesto todo transcurría excesivamente lento y calmado. Incluso la entrada de algunas reses por un lado u otro se hacía sosegada, porque rallando el viso ni siquiera nos podíamos encarar el rifle. Y resulta curioso que casi ni me inmutase al entrar una piara de marranos plácidamente por la izquierda después de ver por el rabillo del ojo dos orejas asomarse por encima de unos matorrales.

No era fácil el tiradero. Muy delimitado el espacio y muy poco el margen para dejar cumplir las reses. Además, al ser tan despejado de vegetación, se nos podían colar las reses sin oírlas romper monte. Y así fue que nos entraron tres cabras montesas – no muy grandes-  por detrás, y advertirmos su presencia cuando las veíamos alejarse sin hacer apenas ruido a su paso.

Y cómo suele suceder en muchas ocasiones, cuando creíamos que casi todo estaba visto y hecho, a las una y media del mediodía un marranete nos entró por la derecha. Sigiloso, discreto y sin hacer ruido. Mi padre tiró primero y el marrano hizo un extraño, porque hizo un regate y cambió bruscamente su rumbo. Tiré yo, le dí y pegó un volteretón sobre sí mismo. Aún así continuó, recibiendo dos más que dimos entre los dos.

Ocurrió el lance como mi padre pronosticaba que tendría ser en caso que nos entrase alguna res. Rápido y en el escaso espacio que teníamos de tiradero. Para entonces, tengo que confesarlo, ya me había comido medio chorizo y casi todo el queso que llevaba en el morral…

Una res en la única del año. No se me dio mal.

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Avanzar un paso, retroceder dos

Una imagen ha destapado una realidad que estaba ahí y seguramente seguirá estando. Con la rapidez que generan las redes sociales y el acceso automático que nuestros teléfonos móviles nos brindan a cualquier cosa, muchos jienenses hemos descubierto algo que tal vez no conocíamos. Y el bochorno ha sido evidente.

Me estoy refiriendo a una escena que muestra a una familia humilde presenciando el campeonato de España de campo a través. Una prueba de atletismo que tuvo como escenario el campo de fútbol “Sebastián Barajas” y sus inmediaciones, consiguiendo traer a nuestra ciudad a numerosos deportistas y todo lo que ello conlleva. Una cita deportiva que ha logrado posicionar a nuestra ciudad aún más en el mapa del atletismo. Un evento, en definitiva, que servía finalmente para que Jaén sea capaz de demostrarse a sí misma –y a los demás- que puede hacer y conseguir mucho si se lo propone o se proporcionan las facilidades.

Y se ha conseguido, cierto. Él éxito deportivo y organizativo ahí está, y el impacto económico hablará y vendrá a demostrar que oportunidades así son más que necesarias para que Jaén sea más ciudad. También la marca propia de “Jaén, ciudad del atletismo” da un pasito adelante para seguir creando identidad y demostrar con hechos aquello que se pretende.

Pero lo triste es que esta satisfacción acabe resultando agridulce por una serie de carencias que Jaén mantiene, que no deja de ser el descuido y la falta de amor propio hacia nosotros mismos. De nuevo se falla en lo básico.

Las imágenes hablan por sí solas, mostrando un Jaén abandonado y roto en aquellas zonas del Polígono del Valle cercanas al espacio donde la prueba deportiva se desarrolló. Una tarjeta de presentación sucia y que contrasta con el brillo al que Jaén aspira cuando trata de desarrollar oportunidades así gracias al deporte.

Y esto no es un hecho aislado en una ciudad, lo he dicho muchas veces, que tiene un parque acuático a medio terminar y un hotel cerrado y desvalijado en una de sus entradas. Una enorme mole de hierros y maleza, viendo pasar el tiempo donde otrora tuvimos un glorioso campo hípico. Y las paradas de un tranvía que no va a ningún lado atestadas de publicidad y mugre ante la falta de uso. Pero sobre todo de civismo.

Publicado en la web www.enjaendonderesisto.es

Foto: Patronato Municipal de Deportes

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